Por: María A. Colón, Rochell de Oro y Martín Elías Pacheco* | Fotos: Martín Elías Pacheco, Carlos Cruz

Carla Celia, Amalín de Hazbún, Lina Margarita, Diana Rolando, Luz Adriana Flores y Ana María Osorio son de esas mujeres que con sus manos y labores hacen de esta fiesta, la mejor de la región del Caribe.

Su respuesta salió del alma. Con una sonrisa de oreja a oreja, sentada en una vieja silla que cada año se viste de carnaval, Lina Margarita Babilonia Herrera expresa que en sus venas, además de correr sangre, corre la tradición y el amor por el folclor del Caribe colombiano.

La oriunda de la tierra del bullerengue, María La Baja, Bolívar, se trasladó a Barranquilla, donde se convirtió en su hija adoptiva y encontró su hogar y el camino para labrar el plan de vida que había tenido tanto tiempo inconcluso: dedicarse al canto, pero no cualquier canto. Gracias a su amor por la cultura quiso entonar melodías que exaltaran sus raíces ancestrales. Hoy día, cree firmemente que Curramba la salpicó con el agua que mojó a Shakira y a  Sofía Vergara.

Lo mismo ocurrió con la joven de San Marcos, Sucre,  quien con solo 17 años vino a la capital del Atlántico con el deseo de triunfar. Parece que al igual que Lina, el agua de Barranquilla hizo su magia y Amalín de Hazbún logró puntada tras puntada, dedal tras dedal, con la paciencia característica de una madre formando a su hijo; consagrarse como “la aguja de oro de Colombia”, gracias a la confección de los trajes que deleitan a toda la ciudad cada vez que la soberana menean sus caderas en las tarimas, los desfiles y las calles.

Más de 50 años dedicados a estas fiestas la convirtieron en un icono del carnaval. Sus privilegiadas manos construyeron los vestidos más legendarios de las carnestolendas, ayudando así, como quién no quiere olvidar a su gran amor, que sus portadoras se inmortalizaran en la memoria de los curramberos. María Margarita Gerlein brilló con “Luz imperial del Carnaval”, nombre que escogió Amalín para el vestido de la gran noche de coronación, que como ella dijo, parecía un sueño hecho de cristal. También “Maqui” Diazgranados, la última soberana de la dinastía Gerlein, que es recordada por llenar de elegancia, magia y sofisticación a Barranquilla durante la noche de su coronación, aquel 26 de febrero de 2014, gracias a las prodigiosas manos de esta sucreña.

Como bien dicen, el mundo es subjetivo. Mientras que para Amalín de Hazbún, flores construidas a punta de hilos, telas y brillos conformaban el jardín que daría vida y color a la coronación de Katia Nule, reina del carnaval en el año 1995, para Lina Margarita, las 50 mujeres conocidas oficialmente como “Las flores de Barranquilla” conforman el jardín que cada año alegra todos los eventos carnavaleros con el sentimiento y la majestuosidad de su canto.

Acomodándose en su silla, la líder de estas cantadoras les lanza una mirada y sonríe, quizá es porque observa el desorden de risas que se desata entre ellas. Es que todas las tardes se reúnen en el barrio Montecristo, un emblemático barrio de Barranquilla, que junto a Barrio Abajo han forjado las tradiciones del Carnaval. Por eso, no es casualidad, que en Barrio Abajo se encuentre la casa más alegre de Barranquilla, la Casa del Carnaval.

El olor a espuma, maicena y tradición son los ingredientes que cubren la atmósfera de esta casa. Desde que pisas la edificación, sientes como si estuvieras en una escena de Alicia en el país de las maravillas. Marimondas, monocucos, máscaras y flores son los encargados de darte la bienvenida a la casa carnavalera. Esa magia cautivó hace nueve años a Carla Celia Martínez, la cara que está detrás de cada evento que se realiza durante las carnestolendas.

La Directora del Carnaval lleva puesto una blusa azul que hace contraste con el color amarillo de las paredes del lugar, además de reflejar el poder y equilibrio que transmite al hablar.  Mientras se sienta en una silla verde, y toma agua de un vaso que lleva en su mano, con su voz de autoridad lo primero que nos dice es que el carnaval es la cosa más estética y bonita que hay.  Confiesa que el amor carnavalero lo ha llevado en su ser desde que era una niña.

Pero todo tiene un precio. Con la curiosidad de saber cómo es la rutina de Carla Celia durante las fiestas, esta mujer responde que la rutina es que no hay rutina.

“Solo duermo cuatro horas en días previos y durante las carnestolendas”, señala Carla, quien agrega que desde el mes de noviembre la Casa del Carnaval empieza a llenarse muy al estilo de un batallón del ejército; donde ella es la general que debe dirigir a las 2000 personas que trabajan en pro de la realización de los carnavales.

Como dicen los abuelos: sí por allá llueve, por acá no escampa. Este refrán hace relación al mismo caos que desde diferentes lugares tienen que lidiar dos mujeres que han entregado su vida al carnaval, Carla Celia y Lina Margarita. Mientras Carla lleva las riendas en la Casa del Carnaval, a dos cuadras pasando una doble vía de las calles de Barranquilla, en Montecristo, se encuentra Lina Margarita, sobrellevando el carácter de sus nenas, porque abriendo sus ojos en tono de risas nos cuenta que es una de las cosas más complejas de tratar entre ellas.

Afinando su garganta con un pequeño ejercicio de vocalización, se pone de pie y se dispone a comenzar el ensayo con el grupo de voces que recibiéndola con el coro: “Llegó llegó la seño, llegó”, le expresan el respeto y la gratitud que le tienen a su mentora.

Pero otras voces envuelven las calles, y se escucha un rumor en el aire: “Si vas a Barranquilla a la reina admirar, mientras las plumas de sus caderas se mueven con los ritmos de Carnaval, pregunta por Diana Rolando, dicen que vive en Soledad y la dueña de ese diseño seguramente será”.

A ritmo de folclor soledeño, entre telas y bordados, brillo, color y alegría la creatividad de Diana Rolando cobra vida. Y son sus mágicas manos y las del grupo de mujeres al que instruye en su taller las que materializan las esplendorosas ideas que de un momento a otro aparecen en su mente, como si de estrellas fugaces se tratara.

Mientras recorremos su taller, entramos por una puerta blanca a una bodega llena de hilos de muchos colores y el sentimiento con el que se expresa evidencia el material del que su alma está hecha, sueños. Característica que tanto le ha regalado al Atlántico y a sus carnavales, esta soledeña que por más de 25 años se ha encargado  de aportar el toque fantástico y soñador del carnaval.

Así como las cantadoras Las Flores jamás imaginaron que una iglesia sería el lugar que las llevaría a muchos escenarios, Diana tampoco imaginó que diseñar unos vestidos para un reinado de un colegio, por petición de su esposo, serían el comienzo de un camino lleno de fantasías.

“Se vale soñar”, dijo, mientras recordó que sus comienzos tuvieron lugar en solitarias madrugadas en las que construía ‘cositas’ dentro de las que estaban vinchas, camisetas y demás.

Como una niña esperando su regalo de Navidad. Así relata Diana que se sentía, porque su más anhelado sueño era vestir a una reina del Carnaval de Barranquilla. Ese mismo deseo que en otra parte de la ciudad también tenía Amalín de Hazbún. Desde entonces su trabajo que ha sido sin límite de tiempos, se convirtió en noches en vela, pero fueron esos esfuerzos los que la llevaron a vestir nueve beldades de las carnestolendas.

No recuerda con exactitud quien fue la primera, pero si recuerda a algunas que le robaron el corazón. Reinas como Angie de la Cruz, Daniella Donado y Andrea Jaramillo Char, y como si se tratara de un legado, dejaron impregnado en ella muchos conocimientos y experiencias que guarda como un tesoro.

Con el calor soledeño salimos de la bodega encantada de Diana Rolando, y pasamos a un salón donde  ocho maquinarias y varios auxiliares se encargan de pulir las obras de la soledeña. Cristal a cristal, pluma por pluma son los detalles que cada una hace desde su puesto de trabajo. Es que como Carla Celia, Amalín de Hazbún y Lina Margarita, Diana Rolando también tiene que dirigir su propio batallón.

Diana prefiere tener en su equipo personas que no tengan muchos conocimientos, para darles la oportunidad de enseñarles. Dice que le gusta la gente que se deja ayudar. Con su mirada noble recuerda a muchas mujeres que han pasado por su taller, quienes hoy en día tienen sus propios talleres gracias a lo aprendido en la casa Diana Rolando.

 

Así como desde Soledad una mujer disfruta ver como poco a poco sus pupilas se van convirtiendo en maestras, en Montecristo Lina Margarita abrazando a sus nenas cuenta que lo más importante para ella es verlas divertirse y sentirse libre, porque como menciona una de las nenas, “cuando mi marido estaba vivo no me dejaba bailar ni cantar, solo tenía que estar en la casa”.  Pero esos tiempos quedaron atrás, ahora lo único que desean hacer es disfrutar de los carnavales.

El ensayo continúa, mientras Lina Margarita da un descanso, muy emocionada resalta que el carnaval ha cambiado y que su crecimiento en comparación a una década atrás es significativa.

A dos cuadras grandes, que adornan el cielo azul por el colorido de sus casas, se encuentra Ana María Osorio, quien ha sido fundamental en la transformación y preservación de las tradiciones del Carnaval.

Esa mujer que se pasea, a diario, los pasillos de la casa alegre de Barrio Abajo, hace 18 años dedica su tiempo a la visibilización del Carnaval. Ella es la Directora de Comunicaciones de Carnaval S.A. y su labor ha dado tantos frutos que es una de las figuras que hizo posible la acreditación internacional de las carnestolendas como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

Si algo caracteriza a mujeres como Diana Rolando, Amalín de Hazbún, Lina Babilonia y Carla Celia es la firmeza ante las adversidades. Sin embargo, Ana María no es la excepción. Esta es fiel convencida de que los malos momentos traen consigo enseñanzas. “Hago de las crisis oportunidades, siempre mantengo la cabeza fría y echo pa’ delante”, dice la currambera.

Es que la magia del carnaval parece envolver a todos. Ana María cuenta que el carnaval es el ADN de la ciudad, y para ella es el aire que respira; es sin duda muy similar lo que siente Lina Margarita cuando expresa que en sus venas más que sangre, corre el amor por lo autóctono.

Caminos diferentes que llevan a un solo destino. Y como si se tratara de un hilo que indirectamente ha unido las vidas de estas mujeres con el carnaval; todas coinciden en que le deben al carnaval todo lo que son, pero también recuerdan que han entregado sus mejores noches, ideas y creaciones que han hecho a las carnestolendas lo que son hoy.

Años de esfuerzos, amor, pasión y lucha, trabajando detrás de las carnestolendas para hacer de estas algo mejor, versión tras versión. Son Lina, Amalín, Carla, Diana y Ana un pilar esencial que con los aportes en cada una de sus áreas ayudan al crecimiento y preservación de nuestra cultura. Ratificando así que la mujer engrandece y multiplica cualquier cosa que le des. Si le das tu semilla te dará un hijo. Si le das una casa te dará un hogar. Y en este caso, si le das música, alegría, baile y tradición te dará un Carnaval.

*En alianza con El Espectador