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Colombia: el paraíso soñado de Harvey Weinstein

¿Por qué nuestro país hubiera sido el lugar perfecto para que Weinstein siguiera delinquiendo?

Las primeras preguntas que aparecen cuando se denuncia una violación en nuestro país es “¿y qué llevaba puesto la mujer?”, “¿iba vestida provocativamente?”, “¿tenía una actitud coqueta o insinuante?”, en vez de preguntarnos “¿dónde está el culpable?” o “¿qué podemos hacer para que las víctimas se sientan más seguras?” Es por esas “simples” expresiones que es evidente una problemática mucho más profunda y arraigada a los imaginarios y roles de género que desde pequeños nos inyectan nuestros círculos sociales cercanos. Nada más con leer estas críticas hacia la actitud de la víctima cuando fue asaltada, o los cuestionamientos sobre si ella ‘se lo había buscado’ por el simple hecho de tener dos centímetros menos de falda que la media estandarizada, es claro porqué las víctimas no hablan, algo que le hubiera encantado a Harvey Weinstein.

Fue hace más de cuatro meses, para ser precisos en Octubre, que los prestigiosos portales informativos New York Times y The New Yorker presentaron una investigación llevada a cabo por periodistas como Ronan Farrow durante más de 10 meses sobre los repetitivos y sistemáticos abusos de uno de los más importantes productores de Hollywood. Con alrededor de 300 películas galardonadas al Oscar y millones de dólares donados a campañas presidenciales a altos mandos como Hillary Clinton y Barack Obama, Weinstein era un pez gordo en la vida pública. Hasta el momento 35 mujeres, la más reciente siendo Uma Thurman, han narrado perturbadores encuentros con el acosador, causando un revuelo entre figuras de la industria y entre la población en general, quienes han mostrado su apoyo a todas las víctimas de abuso e incluso, se ha logrado que más mujeres y hombres alzaran su voz para denunciar a otros agresores.

 

La situación en Colombia es un poco diferente. El pasado 19 de enero, la columna ‘Una defensa del silencio’ escrita por la periodista Claudia Morales fue publicada en El Espectador. En esta narró cómo un hombre poderoso e influyente en Colombia la violó mientras era su jefe. Las respuestas fueron mucho más polarizadas; algunos han ofrecido su apoyo a la mujer, otros, por el contrario han cuestionado violentamente su versión y la han tildado de ‘fácil’, ‘mentirosa’, entre otros insultos. Claudia es una de las más de 60,000 víctimas de abuso que según el Ministerio de salud denuncian cada año en nuestro país. Algunas nunca hablarán, algunas podrían hasta llegar a ser inculpadas en vez de sus agresores, como Rosa Elvira Cely y otros cientos de casos nunca harán parte de las cifras de quienes denuncian porque debido a estas respuestas prefieren callar.

Para intentar entender lo que siente una víctima de acoso en Colombia pensemos que sufrimos algún tipo de abuso; nuestro cuerpo, nuestra alma y mente guardan cicatrices mucho más profundas que las que se muestran en los medios o las que reporta medicina legal. Pero vencemos ese dolor físico y emocional y decidimos denunciar para evitar que otras personas pasen por lo mismo. Esperamos un ambiente solidario y de acompañamiento por parte de las autoridades y la comunidad en general, ya que nuestra dignidad fue pisoteada y nuestro cuerpo arrebatado sin nuestro consentimiento.

Paradójicamente, nos encontramos con cientos, quizás miles de comentarios que van desde “Ella se lo buscó, si no se hubiera emborrachado no le hubiera pasado nada” o como lo expresó el ilustre Antonio Caballero: “Proponer un masaje puede ser de mal gusto, pero no es una agresión sexual. Coger una rodilla por debajo de la mesa puede ser de mala educación, pero no es un acoso machista (…). Tratar de dar un beso en la boca sin haber sido invitado puede ser una impertinencia, pero no es un empalamiento (…) Hay que guardar las proporciones. Eso es lo normal: como las danzas nupciales que hacen algunos pájaros.”

Con eso se encuentran las víctimas en nuestro país, con cientos de artículos escritos por reconocidos columnistas sobre cómo el acoso “es normal”, aconsejandonos que “guardemos las proporciones” y comparando ese tipo de acciones con las danzas nupciales de “algunos pájaros”. Sinceramente, poniéndonos en sus zapatos, es probable que  prefiramos callar e intentar seguir con nuestra vida.

No es una sorpresa entonces que el monstruo que violó a la periodista Claudia Morales, siga activo en la vida pública, siga siendo una figura de autoridad, y muy probablemente, siga valiéndose precisamente de esa autoridad para abusar de otras mujeres; mientras que Harvey Weinstein, uno de los productores de Hollywood más exitosos de las últimas décadas (o quizá el más exitoso), haya perdido todo su prestigio y esté a puertas de una condena carcelaria igual de severa a la condena moral y social que la gran mayoría del pueblo norteamericano le ha impuesto.

¿Qué si es cierto que se demoraron muchos años en desmantelarlo? Sí, es cierto. ¿Hollywood sabía lo que Weinstein estaba haciendo y no dijeron nada? Sí, es cierto. Pero también es cierto que después de que se lograra exponer, gracias al trabajo conjunto de periodistas y víctimas, la gran mayoría de la población no duda de su culpabilidad y defiende la valentía de las afectadas.

El tema de la mirada crítica y poco solidaria hacia las víctimas no es algo nuevo, así lo explica la Doctora en Estudios de Género Nancy Gomez: “Lo que vemos en esta comparación es una gran brecha en lo que son dos caminos diferentes hacia el respeto de los derechos de las mujeres. Una gran cantidad de luchas activistas de las mujeres ha provenido de Estados Unidos, área donde Colombia aún tiene un largo trecho que recorrer. Si bien en el mundo entero seguimos luchando en contra de la violencia a la mujer, en Colombia nos enfrentamos a una sociedad con dinámicas de género enormemente marcadas, cerradas y difíciles de deshacer, pero no es imposible. La constante en los comentarios agresivos hacia las víctimas nos habla de un desentendimiento de las milenarias estructuras de poder que existen a nuestro alrededor.”

A pesar de las grandes diferencias entre los dos casos anteriormente nombrados, no cabe duda que es necesario lograr un cambio en la percepción y manejo que, como ciudadanos, le damos al acoso. Si nos tomamos unos minutos e intentamos comprender por lo que están pasando las víctimas, el miedo y la verguenza que cargan consigo y el valor que les tomaría denunciar, es muy probable que nuestros entornos se conviertan en lugares cada vez menos propicios para que tipos como Harvey Weinstein o “Él” se salgan con la suya.

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