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¿Crónica de una vaca anunciada?

Esta pequeña historia empieza con una relación padre e hijo algo inusual, la cual se ve enmarcada en un viaje por una icónica calle de Barranquilla.

Padre e hijo se alistan para ir a la famosa “calle de las vacas”. El joven ansía ver una vaca en su travesía y su progenitor solo espera que nada malo pase en su visita a tan reconocida calle. Primero deben llegar a su destino en bus, Coolitoral o “Coletoral” como le dice el joven de diecinueve años porque el vehículo es de color verde, con un letrero que se puede ver desde una cuadra de distancia de color azul que dice “A1 Centro”. Está adornado por luces de color rojo y/o azul las cuales prenden desde la mañana por muy absurdo que parezca. Durante su travesía los viajeros hablan de música, la cual se ve reflejada en sus camisetas. Ambos visten camisas negras, la del hijo adornada con el logo de Guns and Roses y su padre tiene una camisa estampada de KISS. Sin embargo, a pesar de mostrar un gusto rockero los dos van tarareando al compás del Tabacón de Tony Pavon.

El Ansiado momento por el joven se da después de unos 15 minutos de viaje en el transporte público. Lo primero que hace al bajarse del vehículo es poco común, empieza a olfatear. Pescado, agua estancada, chorizos, fritos e inclusive logra sentir un olor casi imperceptible para muchos como lo es el olor a “pollo” y se lo hace saber a su padre de manera inmediata diciéndole: “viejo, huele pollo”, usando un acento argentino barato cuando finaliza la oración.  Su viejo le responde: “Joa, lo que es la genética. Sacaste la misma manía que tu madre, hueles hasta la mierda”.

Los dos hombres siguen su trayecto, mientras el mayor camina sin cuidado. El de menor de edad analiza hasta el último detalle del lugar. Se sabe por su manera de observar que busca algo, pero no lo encuentra. Su camino se ve obstaculizado por varios cambuches de madera donde la gente rebusca camisetas, frutas, verduras y los vendedores rebuscan su forma de sustento.

Su camino se ve interrumpido por vendedores de camisetas y comida tratando de obtener una venta. Uno de los vendedores les dice: “comapes les te tengo la camisa de Metallica, de las firmes como los señores”. Sin embargo, la naturalidad con la que padre e hijo ignoran al vendedor denota su parentesco. Entonces ambos se detienen por una razón, un carrito que dice: “Coco Frío”. El joven sin preguntarle a su padre le demanda dice al vendedor: “mostro tirate dos cocos firmes ahí”.

Ambos se detienen a tomarse su respectivo coco y el padre le pregunta a su hijo: ¿Por qué vinimos acá si a ti no te gusta el mercado?, este reponde: “el cucho de periodismo me puso a hacer una crónica sobre esta calle. Y aja, si voy a escribir paja que por lo menos sea paja argumentada”. El hombre mayor termina su agua de coco y le pide al vendedor que lo parta para comer de la pulpa, pero antes de empezar le dice a su retoño: “¿Por qué no le preguntas al señor de los cocos? Se ve que tiene sus años vendiendo por estos lares”.

El vendedor de manera muy amigable dice: “joa viejos manes, yo llevo mi vida acá”. Al escuchar esto el joven empieza su labor de reportería haciendo una pregunta muy obvia y de manera muy costeña: “mostro ¿Por qué mondá esta calle se llama la calle de las vacas?”, la respuesta del vendedor es: “para bola viejo man, hace unos años, acá en el mercado todos echaban los desperdicios de la comida y frutas por toda la calle porque las vacas se tragaban todo ese desperdicio. A eso de las cuatro o cuatro y media de la tarde tu veias todo ese ganado hartando basura que daba miedo.”

El “reportero” mientras termina de comerse la pulpa de su coco le dice al vendedor: “por lo menos eso creo”. El padre le dirige la palabra a su hijo después de botar el coco diciéndole: “caminamos un poquito más y ya. Yo creo que eso es suficiente”. Su hijo le responde: “la verdad es que no hemos visto ninguna vaca y por lo que nos dijo el man de los cocos ya no hay, pero yo veo que historia hago, so va”.

Los viajeros esperan a que pase el famoso “coletoral” A1 para tomar el camino de regreso a su hogar. Aunque en el rostro del joven se ve algo de decepción, esta queda clara cuando le dice a su compañero de viaje: “joa no vimos ni una hijueputa ninguna vaca”.

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