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Ernesto McCausland, el cazador de historias

Foto vía Instagram: @Fundacionemcc

Ernesto siempre escribía. Desde niño demostró sus habilidades para la escritura, su pasión por la lectura y el arte y su constante interés en saber el porqué de cada cosa.

Fue un hombre muy versátil. Antes de ser periodista, se dedicó al básquet. Durante su adolescencia formó parte de la liga del Atlántico. Gracias a este deporte ganó una beca y comenzó a estudiar en Estados Unidos. Sin embargo, tuvo que desistir a sus planes en ese país por un cáncer que lo aquejaba.

Fue en Estados Unidos donde se recuperó y la vida le dio una segunda oportunidad para vivir. Regresó a Colombia y se instaló nuevamente en Barranquilla. A los 18 años comenzó a publicar artículos en El Heraldo. Ernesto ejercía de manera empírica el periodismo. Allí tuvo el apoyo de la periodista Olga Emiliani, quien fue su maestra y pieza clave para su formación como periodista y literato.

Formó parte del llamado ‘Kínder de Olguita’, un grupo de periodistas jóvenes conformado por personajes como Roberto Pombo, Mauricio Vargas o Marco Schwartz, quienes estaban bajo la tutela de la periodista Olga Emiliani en El Heraldo.

Fue así como poco a poco El Heraldo se convirtió en parte fundamental de su vida, su segundo hogar. Comenzó en la sección de judiciales, luego, durante 22 años se dedicó a escribir columnas en el periódico y  finalmente se desempeñó como editor general y director encargado del diario.

Periodista, escritor y cineasta, no todo fue prensa para este barranquillero versátil. McCausland exploró y se desenvolvió en el mundo del cine, fundó lo que hoy en día se conoce como ‘Casa productora La esquina del cine’ y también se destacó en la radio y la televisión.

Dentro de sus producciones audiovisuales, se encuentran varias entrevistas a diversos personajes propios de la región caribe. Entre esas, aquella reconocida conversación que mantuvo con el cantante de vallenato Diomedes Díaz.  “Si yo supiera que uno sirviera más muerto que vivo, yo me muriera hoy, pero no sé, Ernesto, no sé” es la frase característica de esta entrevista, que se popularizó de manera impensada y a la posteridad pasaría para formar parte de la memoria y el imaginario colombiano.

Era un hombre muy curioso, siempre le interesaba saber qué sucedía en el mundo y darle respuesta a sus interrogantes, sobre todo como avanzaba la tecnología. Si algo salía al mercado él debía tenerlo y saber cómo manejarlo. Era lo que hoy en día se conoce como ‘Millenial’ y aunque no formó parte de esa generación, se puede catalogar como tal, ya que por medio de los diferentes dispositivos móviles pudo interactuar y estar al tanto de lo que sucedía en el mundo.

Le encantaban los deportes. Disfrutaba del fútbol, de cada temporada de básquetbol y béisbol. Apoyaba a su equipo del alma el Junior de Barranquilla, así como también observaba partidos de béisbol en el estadio Tomás Arrieta.

Ernesto cuidaba su entorno para poder tener tranquilidad al trabajar. Era un hombre muy estricto con su autodisciplina. Sin embargo, nadie lo recuerda malgeniado o amargado. Al contrario, se caracterizaba ser un hombre  sencillo y alegre, ‘’un bacán’’ como lo recuerdan algunos de sus amigos y ex compañeros de trabajo. Pocas fueron las veces en las que se pudo observar molesto al periodista.

‘’Se molestaba como se molestan los editores, los jefes de redacción, los directores. Sobre todo cuando sabía que una persona podía dar mucho y no daba todo lo que creía que podía dar. Pero nunca lo vi molesto con mi trabajo, ni lo vi molesto con alguien’’ comentó Alberto Martínez, excompañero de trabajo en El Heraldo.

Le encantaba la música y era un cantante de vallenato frustrado. Ernesto era tan rockero como vallenatero. Le gustaban los Rolling Stones y admiraba a Freddy Mercury y al mismo tiempo se deleitaba con las canciones de Iván  Villazón y los hermanos Zuleta. En uno de sus tantos viajes a Valledupar, conoció a Santander Durán, un compositor vallenato,  a quien admiraba por su talento.

El carnaval de Barranquilla también era parte de su ser. No era el típico parrandero que bailaba al ritmo del mapalé, la cumbia o el garabato.  Él, por el contrario, disfrutaba de la música mientras conversaba. Ernesto siempre veía más allá del desorden carnavalero. Por encima de la música estaban las historias de la gente que vivía el carnaval. Fue así como, entre tantas opciones, escogió una historia en particular para rodar su primera película, basada en eventos extraídos de su mayor obsesión: la vida real. Se trataba de  un hombre que se disfrazó durante 25 años de Drácula en el carnaval de Barranquilla, quien se convirtió en noticia cuando atacó a mordiscos a una adolescente.

Además del carnaval, los deportes y la música, su pasión era contar historias. Ernesto era un cazador de ellas. Siempre conversaba y le agradaba encontrar personas que le narraran historias fascinantes para luego contarlas por medio de su género favorito, la crónica.

Pudo contar historias tan humanas y reales que llegaron a parecer cuentos. No se limitaba a su estilística y a su calidad como narrador, se afanaba siempre por encontrar sentido a los hechos, por hablar frente a frente con sus fuentes y eso lo hacía diferente a los demás.

Su cámara, con la cual capturaba momentos, personajes y paisajes únicos, era su fiel compañera durante sus constantes recorridos por la costa caribe.  Iba siempre en busca de historias y personajes, para así poder escribirlos, contarlos, destacarlos, exaltando siempre, en cada una de sus obras, el realismo mágico del caribe colombiano.

Y como cualquier ser humano, Ernesto también se enamoró. La mujer que lo atrapó lleva por nombre Ana Milena Londoño. Se conocieron en el casting para su película ‘’El último carnaval’’. ‘’Aunque no comenzamos a salir en seguida, fue amor a primera vista. Él decía que apenas me vio se enamoró. En esa época, no existía WhatsApp, así que debíamos esperar que sonara el teléfono de la casa y luego presentarse ante mi familia. Era la típica historia de amor súper romántica’’, así lo recuerda Ana, su esposa.

Tal y como él mismo decía y hoy permanece consignado en el epitafio de su tumba: ‘’tantas luchas, tantas batallas y al final solo queda el amor’’.  El amor y la pasión por lo que se sueña y se materializa. Ernesto fue un cazador de historias, un apasionado por el arte y la literatura. El empeño y la dedicación que le ponía a cada trabajo que realizaba era la muestra del amor que le tenía a su oficio.

Ernesto McCausland murió en la madrugada del miércoles 21 de noviembre del 2012, producto de un cáncer de páncreas que lo aquejaba hacía años. Y se fue, ciertamente, pero será siempre un grato recuerdo para quienes tuvieron la fortuna de conocerlo. Y para sus seguidores, claro, a quienes dejó un legado exquisito.

Tal y como dijo en su discurso -al recibir el premio Simón Bolívar- se las arregló para hacerle creer a todos que era un cronista, y de semejante falacia, logró salirse con la suya.

 

 

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