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De vuelta a Balenciaga

El Gato Negro, 2.

Existe una tendencia en las pasarelas del trópico. Entre el instinto que nos empuja siempre hacia los linos y otros tejidos ligeros a base de algodón, y la versatilidad con la que hemos sabido sortear los desafíos que supone un clima insufrible, vamos a la conquista de la moda resort; un concepto que, para los creadores cercanos al ecuador, ya es casi una especialidad.

Recuerdo, con cierto cariño, la colección La Mer de Daniella Battle (2016), un resort en toda regla, y más recientemente, la presentada en Colombiamoda 2017 por Pepa Pombo. Sin embargo, no es el aura veraniego lo que rescato de tales trabajos. Hay en ambos un patrón de surgimiento y permanencia. Más allá de los tejidos y los colores, el asunto consiste, al menos para mí, en el renacer de las siluetas que se olvidan, de manera refrescante, de los perfiles del cuerpo mismo.

El volumen es la clave para comparar cualquier creación alternativa con las de Balenciaga. Detalle de mangas y silueta del torso en un vestido de Daniella Battle.

 

Todo me remite a Cristóbal, el español favorito de muchos amantes de la moda. Balenciaga nació en un pequeño pueblo de pescadores, a ratos soleado, a ratos muy tempestuoso. Su madre era costurera y de ella aprendió a ensartar y mover la aguja con una facilidad casi irreal, como relata quien fuera su amigo y uno de sus jefes de taller en París, el también modisto, Emanuel Ungaro.

La razón para rendirle culto a monsieur Balenciaga no es otra que su mente visionaria; para él, el cuerpo no era la pieza a destacar. Había que hacerlo lucir, claramente, pero adornándolo y no apretujándolo entre las telas. Las siluetas baby-doll, de globo, de frente y cola asimétricos, y de frentes cruzados a la usanza japonesa, son los hitos del nombre más importante que ha dado la moda española. Qué decir de los fruncidos esculturales, los plisados y los montajes arquitectónicos de las piezas del vasco, de la apuesta, tan atacada en su época, de confeccionar prendas que creaban sus propios volúmenes.

Justamente son las siluetas las que evocan a Balenciaga en el resort, y es que volumen no es siempre un sinónimo de capas y capas de crinolinas, la interpretación no es literal pero, en efecto, algunas piezas rígidas, fabricadas a partir de materiales concretamente tropicales como los linos y los algodones estructurados que mencionaba en párrafos anteriores, reciben su volumen justamente del obrar como lo hacía Cristóbal: cortando el patrón más allá del contorno del maniquí y, a veces, tomando extremo partido del almidón. Las prendas en cuestión no responden a los códigos oversize, pero sí al glamour propio de lo amplio, no siempre de lo vaporoso.

las siluetas que entallan con base en el cruce de las piezas en lo frentes recuerdan a los kimonos japoneses, una inspiración para Cristóbal. Dos conjuntos de silueta amplia de Pepa Pombo 2017.

 

Prendas de gran vuelo, faldas y camisolas con plisados y volantes que cubren curvas que puede que el usuario quiera esconder. Todo es parte de la mecánica de Balenciaga. El mismo Cristóbal lo decía: “la mujer no debe ser bella para llevar uno de mis vestidos, el vestido lo hará por ella”. Los cierres estratégicos, los pliegues convenientes, los paneles holgados y las formas; las formas que lo arreglan todo.

Esta es la herencia de la casa parisina, que responde a las peticiones, que utiliza los  recursos, que crea, aunque sea pret-a-porter, para vestir y no para deslucir a aquellos que no tienen talla de modelo, una lógica quizá no intencional, pero por demás común en las pasarelas.

Salvemos entonces la lógica de Balenciaga, que tiene todo de couture, que salva a los cuerpos, que viste y adorna y no forra como regalitos a los que tienen la audacia de vestir directo del showroom.

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