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Vida entre tumbas

Por Juan Roa De Ávila

Es domingo y la tarde se debate entre los amagues del sol feroz.

A mi llegada al Cementerio Universal de Barranquilla estrecho la mano de Cesar Aragón, un hombre de 52 años oriundo de Plato, Magdalena, quien acumula más de trece años trabajando como sepulturero.

Cierta inseguridad me asalta, pero siendo coherente con mis intenciones finalmente le digo que vengo dispuesto a acompañarlo y, si es posible, a asumir su oficio por una jornada.

Luego de intercambiar algunas palabras en el silencioso ambiente del camposanto, nos dirigimos a la calle que él y sus compañeros conocen como La 23. Allí, dos horas más tarde, una tumba vacía ubicada en lo más alto de los nichos servirá como punto final de un servicio funeral.

El Cementerio Universal es obra de la Sociedad Hermanos de la Caridad, una comunidad masónica.

Los amagues de brisa vienen acompañados por los alternados campanazos que el eco arrastra desde la entrada.

Mientras toma la medida del cuadro de concreto que tapará la tumba, Aragón recuerda que llegó al ejercicio de esta actividad por accidente, como reflejo a la urgente necesidad de conseguir un empleo que le generara sustento para él y su familia desde una labor que, según sus convicciones, pasa desapercibida en la escala social.

“No es fácil trabajar con muertos. Esto, en realidad, no es para todo el mundo”, sentencia con autoridad.

Ahora la extensa tarea pasa por preparar la mezcla y traer el carro de andamiaje.

Me estima que serán más de treinta metros que nos exigirán fuerza en el rodaje y resistencia a pequeños restos de concreto y arenilla que podrían caer sobre nuestros cuerpos.

Y tenemos todo listo. Con los utensilios a nuestro alcance solo resta esperar la orden.

Al tiempo que algunos visitantes aprovechan para poner flores en los nichos contiguos de sus familiares, César insiste en abrir un debate sobre por qué el sistema socioeconómico en el que interactúa le otorga importancia a unas ocupaciones más que a otras.

Trece años acumula César Aragón como sepulturero del Cementerio Universal de Barranquilla.

“Aquí nuestra labor es bien remunerada, pagan más del salario mínimo. Los domingos y festivos nos reconocen el triple”, afirma Aragón, quien vive en Santo Tomás, Atlántico, y afortunadamente goza de los beneficios formales de un trabajador como Caja de Compensación, pensión y cesantías; algo que, según él, considera positivo en comparación con el salario que reciben otras personas que también ejercen la misma labor en otros cementerios.

La hora del sepulcro

Se aproxima la hora. A lo lejos se ven algunos acompañantes cargando el féretro del fallecido Antonio Orozco Sierra.

A paso lento se acercan hasta el punto que adecuamos con una anticipación de aproximadamente dos horas. Allí, unas 20 personas se reunirán para ofrecerle las últimas exequias a quien fuera un hombre entregado a la comunidad.

Pasadas las cinco de la tarde, el sol se prepara para su pronto romance con el atardecer y el llanto de algunos familiares se confunde con el rezo religioso de una plañidera que recurre a la divinidad para dar el último adiós.

Y ante ello, por mi inexperiencia y la tensión final, César y otro operario deciden, sobre la marcha, que solo los asista con el paso de los utensilios.

Seguidamente, entre unas seis personas ayudamos a subir a lo que luego se convertiría en la bóveda de un espacio que se taparía con el cemento que habíamos preparado.

Y cae la tarde. Ya todos se han ido.

De manera que llamo a Cesar, estrecho su mano nuevamente y le agradezco por haber sido parte de mi experiencia, pues, entre la creencia que es capaz de institucionalizar nuestra imaginación, ciertamente este hace parte de uno de los oficios más invisibles pero incesantes a la vez.

“Vivo de esto. Le he puesto la buena cara a mi trabajo, con esto estudian mis hijos, ya próximos a terminar sus carreras universitarias”, manifiesta Aragón.

De camino a la salida finalmente concluyo que más allá de ser un trabajo, es el oficio que, como cualquier otro, representa un medio para ganarse el día a día.

Un extenso ejercicio diario que demanda la entrega de las primeras horas de la mañana y finales de la tarde para demostrar que ser sepulturero va más allá del imaginario social.

Es, en nuestro afán circunstancial, la vida entre tumbas de una experiencia que no olvidaré jamás.