Lo mas reciente Yo Construyo País 

“Yo soy transgénero, soy un ser humano”

Por Génesis Morillo

Ivana García* se despierta un día más. Otro día en el que tiene que luchar con el hecho de vivir en un cuerpo que no le corresponde y con la idea de que no siempre es Ivana. En casa de sus padres siempre será Iván García.

Desde pequeña, su madre Alejandra apartó del mundo a Ivana. Comenzaba a ver ciertas actitudes que no correspondían con lo que Iván era. Un hombre.

El día en el que Iván se dio cuenta que realmente se sentía como una mujer tenía 6 años. Fue mientras le partían el pastel de cumpleaños a su hermana que en ese entonces cumplía 4 años. Él se quedó mirando a su pequeña hermana cuando soplaba las velas, y extendió su mano alcanzando la de su madre que se encontraba a su lado. Alejandra se agachó y quedó al mismo nivel.

Entonces, Iván le preguntó… Cuando cumpla, ¿puedo tener un pudín rosa igual que el de mi hermana?

Sin darle mucha importancia, Alejandra decidió levantarse e involucrarse nuevamente en la celebración del cumpleaños de su hija.

Iván se acercó dónde estaba su padre y gritó varias veces “papá”. Enseguida atrajo la atención del señor Manuel. Iván le dijo tartamudeando, ¿cuándo cumpla puedo tener un vestido rosado? Miraba hacia el piso mientras se balanceaba lentamente de un lado a otro.

Manuel abrió los ojos, colocó su cerveza a un lado, tomó a Iván de la muñeca y se dirigió al baño: abrió la llave y sintió el agua, para ver qué tan fría estaba. Entre tanto, Iván miraba su brazo maltratado. Sin decir una palabra, comenzó a llorar.

Alejandra entró al baño, le quitó la ropa al niño, le susurraba al oído todo lo que lo amaba. Dentro, debajo de la regadera, lo recibió Manuel quien, con agua fría y un cinturón en mano lo esperaba. Iván, como todo niño indefenso, gritó y lloró mientas Alejandra apretaba sus manos y las llevaba a su cara pidiéndole a Manuel que dejara de golpear al niño.

Él, con rabia respondía: “¿Cuándo va a entender que es un hombre, un varón?”.

Manuel dejó la regadera abierta y salió, no sin antes empujar a Alejandra.

Después de un tiempo, del colegio de Iván comenzaban a llamar muy seguido para informar que el niño deseaba entrar al baño de niñas. A lo que le respondían: No se puede porque usted es un hombre.

Ellos no entendían que Dios me dio otro cuerpo y deben creerme, yo soy una niña… Lo decía seguido, “por favor créanme”.

Manuel decidió no enviarlo más a la escuela y ocultarlo en casa. Es entonces, a los 16 años, cuando Iván toma la decisión de irse, sin saber hacia dónde. Hoy dice que fue la primera vez en su vida que se sintió feliz…. Aunque sabía que pasaría trabajos.

Duró casi 7 días sin comer, mendigando en la calle, en donde conoció a su “hermano”, como Ivana había decidido llamarle. Daniel hacía malabares en los semáforos para ganarse la vida y también se metía con la droga a pesar de que su salud poco a poco decaía. Pero él le mostró algunas cosas a Ivana para que pudiese hacer lo mismo, mientras Daniel se quedaba en un rincón cubierto por cartón. Allí dormían ambos.

Ivana cumplió sus 18 viviendo en la calle. Conocía varios sectores y a varios comerciantes, entre ellos a don Ramiro, dueño de una pequeña tienda. Todas las mañanas don Ramiro le daba café y un día cualquiera decidió ofrecerle trabajo haciendo domicilios. Ivana se conmovió. Paradójicamente, si bien tenía una cama donde dormir, igualmente se sentía mejor durmiendo en el suelo.

Fue don Ramiro el que se dio cuenta de que ella tenía un gran talento para el baile, y para enseñar. Ivana cada día veía múltiples videos de modelos y bailarinas, hasta que un día le dijo que le encantaría tener la oportunidad de dar clases de baile. Para muchos podría parecer una idea loca, pero don Ramiro pensó casi de inmediato en su sobrino. Él tenía un gym. No dudó en llamarlo y luego de unas 3 horas contándole la historia de Ivana y todo lo que había vivido, aceptó y lo contrató para que diera unas clases de rumba terapia. Ivana tenía que ir a mostrar sus habilidades de buena bailarina.

Al llegar, miró con temor a su alrededor y comienzó a sentir cada vez más fuerte el latir de su corazón. Se acobardó, dándole la espalda a Luis, el dueño del lugar. Él bajó el volumen y dijo: “Si no puedes hacerlo acá, ¿cómo pretendes dar clases?”. Ivana recogió sus cosas del suelo y decidió salir del lugar. Luis la detuvo y le dijo: “Esa no es la idea; se trata de que pierdas el miedo y te puedas desenvolver en lo que te gusta”. Ivana sonrió y aunque se quedó un rato más compartiendo con Luis, solo horas después entró en confianza y pudo mostrarle todo su talento. Luis la contrató y comenzaron las clases con 6 mujeres. Cinco meses después, no cabían los asistentes en el pequeño salón. Ella era el ejemplo, y aunque no estaba exenta de burlas, reconoció que no se avergonzaba de lo que era.

Ivana cuenta que un día, estando en el gym, se le acercó una mujer llamada Liliana. Le ofreció trabajar en su Fundación –Soy un ser humano-, contando su testimonio. Ivana negaba una y otra vez con la cabeza porque no le parecía que debía cobrar por contar su experiencia. Pasaron los años y cuando cumplió 21 años, bastante conocida en la ciudad, es un editorial la que le propone publicar su primer libro. Me aterraba no saber gramática, pero ellos argumentaron que lo principal era “solo contar tu historia y nosotros la ponemos en papel”. Sonaba sencillo y de todo eso salió “Me llamo Ivana”, un pequeño libro que habla de lo ocurrido pero que, casualmente, no dice mucho de su infancia. La idea era que los lectores pudieran ver la vida proyectándose para cumplir sus sueños.

Pero aún faltaba algo que ella quería enseñar: el perdón. En su experiencia, Ivana sabía que muchos jóvenes sufrían por razones similares y que la historia de los padres que no eran comprensivos también se repetía.

Tomó la decisión de pedir apoyo y se preparó para lo que ella consideraba un reencuentro único y especial. Era una ocasión diferente. Se arregló, usó labial rojo y un vestido negro largo. Dejó suelta su melena de leona, procurando que los risos descontrolados cayeran en su cara.

El momento en el que Ivana entra al restaurante, trata de hablar pero las palabras no le salen. Trata de tranquilizarse. Al fondo, su madre Alejandra solo puede sonreír. Luego pasa sus pulgares por las mejillas de Ivana y le dice: “Calma, mi niña”. Fue una noche de risas y también de amarguras. Pero feliz y propia para lo que llama tener más alas para seguir volando.

Ivana se fue a un pueblo de Antioquía donde recreó su historia. Cuando volvió a su trabajo, llegó a la fundación donde hablaba de sus experiencias de vida, tan conmovida que hablar se le dificultaba.

“Mientras se movía con fastidio en el delgado colchón que estaba a ras de piso, unas cuantas gotas provenientes del techo en mal estado caían en su cara.

Luego de haber contado su historia por varias regiones –incluida Antioquia- y de haber recreado lo ocurrido, Ivana regresó al trabajo en la Fundación. Hoy, ella se despierta para enfrentar un día más, sabiendo que tiene que luchar con el hecho de vivir en un cuerpo que no le corresponde. En el set de grabación está Ivana, la transgénero, el ser humano.

*Esta historia es real. Sin embargo, este nombre ha sido cambiado para preservar la identidad del personaje.

Foto vía: tomada de internet

_________________________________________________________________________________________________________

Para todos los que nos formamos como contadores de historias en este particular espacio de tiempo, y en estos momentos cuando estamos buscando dejar atrás la piel de un reptil que, como país fuimos, es necesario aprender a armar memoria, sin perder los estribos, con pedazos sueltos, pedazos de acciones, recuerdos y olvidos.

Esta es una colección de historias que ofrecen oportunidades, historias quizá nuevas, quizá conocidas, pero todas escritas desde las perspectivas a veces juguetonas, a veces muy formales, de una serie de mentes fértiles de las que brota la necesidad de dar a conocer un país diferente a aquel que nos venden y que, tristemente y con frecuencia, compramos al precio más bajo.

#YoConstruyoPaís es la muestra inequívoca de que Colombia vale oro. Y a la vez es una invitación de El Punto y las jóvenes generaciones de periodistas de Uninorte -que no pasan de sus 20 años-, a pensar y proponer un país mirado desde la paz.