Yo Construyo País 

Saber oír, compartir y crear

El Jam es uno de esos lugares que ha encontrado Luzdary para compartir lo que más ama: escribir. Aquí ha crecido una gran familia de artistas escondidos y desconocidos de la escena mediática, pero con un gran interés artístico particular entre afinidades, edades y nacionalidades diferentes. Es arte y cultura, y también es amistad.

Por Eliana Ramos

Esto es un jam de micrófono abierto, comenta Luzdary, mientras sus compañeros de esta noche de viernes buscan un lugar para sentarse, para contar historias, oír al otro y reír. Junto a los demás en el lugar, se sienten como contemporáneos, a pesar de que hay marcadas diferencias en sus edades.

Allí, las ventanas son amplias. Hay guitarra, materas con plantas repletas de helechos, mesas recostadas en las paredes, sillas y hojas y recortes de revistas que le dan un cierto toque bohemio.

El jam es un espacio para que personas apasionadas por escribir o por la música compartan con otros sus trabajos. Se trata de oír y ser escuchados por gente que como ellos transmiten lo que sueñan… con un lápiz o con un instrumento. El restaurante-bar que se hace su escenario, se convierte el viernes en la noche y cada quince días en un testigo de lo que significa compartir pensamientos.

La iniciativa nace en el año 2014, con la visita de los poetas españoles Escandar Algeet y Carlos Salem al Festival Nuevas Letras. Luego de escuchar el cuento con la idea que se venía desarrollando desde el 2006 en Madrid, España, se vio la posibilidad de hacer lo que ya se hacía en el Festival pero de una manera más constante y abierta.

El protocolo es simple. Solo se trata de llegar, anotarse en una lista y obtener un turno. El arte mismo es el único límite para ser incluido en la programación.

La definición clásica de un “jam session” la dio alguna vez George Frazier, explicándola como una reunión informal de músicos de jazz, con afinidad temperamental, que tocan para su propio disfrute música no escrita ni ensayada. Y aunque en este evento no se toca solo jazz, tiene mucho de esa definición… No hay un orden, no hay un mando o programa que no se pueda romper. Se trata de ver que hay alguien como tú y que no puede quedarse con el guardado de aquello que se siente. Por eso, lo transmite en música o en rimas de papel.

Dos veces al mes y uno que otro evento, no son suficientes para estos chicos que han roto los límites de las cuatro paredes de este lugar barranquilero. Hay más, siempre más. Ya no entre letras, ya no entre versos; otros días de la semana también se verán en los parques y en las plazas, y también dando soporte a otros festivales. Es arte y cultura, y también es amistad.

Con la voz, en el jam -más que realizar eventos- hacen crecer a una gran familia de artistas escondidos y desconocidos de la escena, como lo explica Armando Madiedo, uno de los organizadores y secretario de la actividad. En cada jam casi que llega alguien diferente, con un interés artístico particular, con afinidades diferentes y diferentes edades y nacionalidades. Se han visto italianos, argentinos, españoles, gente de otras ciudades del país y se ha conocido el trabajo de poetas reconocidos como Luis Mallarino, Sofia Rodriguez y Fabiola Acosta, o nuevas voces para la escena musical local como Shay Vergara, Felix Viáfara y Los chicos de Tónica.

Es precisamente esa combinación mágica de música y poesía, o el simple hecho de contar y de que te escuchen contar, la causa de tantas anécdotas alrededor de quienes participan o han participado. Allí se han reunido amigos, Cupido ha hecho de las suyas y hasta se ha recitado bajo la luna debido a la falta de energía eléctrica.

El Jam es uno de esos lugares que ha encontrado Luzdary para compartir lo que más ama: escribir. Luz suena segura, convencida y confiada. En este espacio se da voz y se comparte. Conoces a la gente, te relacionas y te encuentras en un acto fundamental de vida. Jam como micrófono abierto y jam para tener la fuerza de seguir.

Foto vía: Internet

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Para todos los que nos formamos como contadores de historias en este particular espacio de tiempo, y en estos momentos cuando estamos buscando dejar atrás la piel de un reptil que, como país fuimos, es necesario aprender a armar memoria, sin perder los estribos, con pedazos sueltos, pedazos de acciones, recuerdos y olvidos.

Esta es una colección de historias que ofrecen oportunidades, historias quizá nuevas, quizá conocidas, pero todas escritas desde las perspectivas a veces juguetonas, a veces muy formales, de una serie de mentes fértiles de las que brota la necesidad de dar a conocer un país diferente a aquel que nos venden y que, tristemente y con frecuencia, compramos al precio más bajo.

#YoConstruyoPaís es la muestra inequívoca de que Colombia vale oro. Y a la vez es una invitación de El Punto y las jóvenes generaciones de periodistas de Uninorte -que no pasan de sus 20 años-, a pensar y proponer un país mirado desde la paz.

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