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Lo bueno de recordar

Esta es la historia de un grupo de personas que buscan resguardar la memoria histórica de su pueblo por medio del cine, así es el Colectivo de Comunicaciones de los Montes de María.

Por Angy Carvajal

Al pie de los Montes de María está ubicado el Carmen de Bolívar, un pueblo habitado por gente espontánea y conversadora, que siempre está en la puerta de sus casas echando cuentos con los vecinos. En la plaza central, que está al frente de la iglesia, los de la tierra se reúnen para vivir los festivales de orquesta, celebrar las fiestas patronales y llevar a los niños a un poco de diversión. Es ese mismo lugar el que tiene tanto por contar y mil historias por recrear.

En una banca se encuentran sentados cinco amigos, como es costumbre. Siempre están allí para conversar sobre sus sueños y pasiones. Ese día tejen con ideas de cultura y arte, un espacio para construir ciudadanía e identidad a través de la participación activa de todos los habitantes del pueblo. Así nació el Colectivo de Comunicaciones de los Montes de María, espacio que más adelante se convertiría en el resguardo de la memoria histórica.  

Con la memoria se puede contar, narrar, hacer catarsis, sanar, y con todo ello, construir confianza. Se dan pasos lentos, firmes y seguros, que en este caso se han materializado en el cine club La rosa púrpura del Cairo, en honor a la película de Woody Allen. Es una manera de realizar una construcción simbólica.

El cine club es un proyecto que no solo se muestra en la plaza del Carmen de Bolívar. Ha recorrido toda la región de los Montes de María, llevando cine al aire libre, el mismo aire que es compartido por los mochuelos que vuelan por la zona.

La noche estaba próxima, habían llegado desde temprano para charlar, socializar e invitar a la comunidad del Corregimiento de Santo Domingo de Mesa, a disfrutar de cine bajo las estrellas. Desde lejos se ve en el carro Toyota, de los antiguos y algo desgastado, el pequeño grupo de personas que saludan. Son ellos, ya llegaron. Bajan del carro, se les brinda algo de tomar, se les ofrecen sillas para que se sientan cómodos. Después de un rato salen a recorrer la zona, Entre risas sostienen una relación amena, y con algo de emoción, que seguro se puede percibir en los ojos de los más pequeños, planean la reunión que será alrededor de las seis de la tarde.

Ya son las cinco. El tiempo ha transcurrido rápidamente. Pero no hay problema, algunas personas de la comunidad ya están allí, ofreciendo su ayuda para ordenar las sillas, prender el video beam y correr de vivienda en vivienda convocando al personal.

Reunidos al frente de la pared del único colegio en la comunidad, donde estaba puesto el video beam, se disponen a disfrutar de la proyección del trabajo audiovisual. Empiezan a caer gotas, una voz se escucha: “Uff ahora va a llove’, yo que si me quería ve’ esa película”. Más gotas y todos ayudan a llevar los equipos dentro de la vivienda más cercana. Allí se improvisa una pequeña sala de cine. No es el mejor sonido y la lluvia no ayuda en nada. Finalmente, uno de los coordinadores del evento tiene que explicar la película.

Estaban todos, que son muchos, pegaditos y sentados en el suelo. De tanto esforzar la voz, el trabajador social queda afónico, pero no le importa. Solo basta observar la alegría en los rostros de las personas.

No había distinciones, el público era muy variado: desde niños, hasta adultos y mayores. Al acabar la dificultosa proyección, alguien comenta entre risas: “la gracia que hizo el aguacero”. Fue un acto simbólico. Dicen allí que hasta el cielo lloró de emoción, por ver a una comunidad reunida resistiendo la adversidad.

Herramientas como la comunicación han sido decisivas para crear símbolos de defensa contra aquellos monstruos que han querido ganar protagonismo. Como lo dice Soraya, del Colectivo, “en nuestras vidas no lo lograron; fueron tiempos de desequilibrio, pero hemos vuelto al desarme de la palabra, a la convivencia, la profundización de nuestro ser, a lo que nos pertenece y nos querían arrebata’, nada más satisfactorio como luchar por lo que somos”.

“Los silencios que se habían generado alrededor del miedo que producía ese monstruo no lograron acabar con nosotros, recalca subiendo su voz. Juntos creamos resistencia, alzamos nuestras voces, susurros al principio, pero luego nuestros cuerpos se apoyaron moviéndose al ritmo de la danza. Al son de gaitas y tambores, todos reunidos, volvimos a recuperar el espacio que era nuestro”. Apenas fue un leve recuerdo para borrar “la existencia de aquel monstruo, lo que nos hizo entender que tenemos mejores historias por contar”.

Como en el cine, “los únicos protagonistas somos nosotros, lo que somos, lo que soñamos”.

“Queremos provocar en ti un sentimiento de alegría. Que te den ganas de conocer la tierra mía, donde vuela el mochuelo en lo alto de la montaña, llevando en su pico y su cantar una esperanza. Pero también en el sonar de la orquesta en la plaza, con niños como intérpretes, entrenados en la escuela de música Lucho Bermúdez. Eso no muere, está en nuestra memoria, y ha quedado plasmado en esta historia”.

Foto vía: tomada de internet


Para todos los que nos formamos como contadores de historias en este particular espacio de tiempo, y en estos momentos cuando estamos buscando dejar atrás la piel de un reptil que, como país fuimos, es necesario aprender a armar memoria, sin perder los estribos, con pedazos sueltos, pedazos de acciones, recuerdos y olvidos.

Esta es una colección de historias que ofrecen oportunidades, historias quizá nuevas, quizá conocidas, pero todas escritas desde las perspectivas a veces juguetonas, a veces muy formales, de una serie de mentes fértiles de las que brota la necesidad de dar a conocer un país diferente a aquel que nos venden y que, tristemente y con frecuencia, compramos al precio más bajo.

#YoConstruyoPaís es la muestra inequívoca de que Colombia vale oro. Y a la vez es una invitación de El Punto y las jóvenes generaciones de periodistas de Uninorte -que no pasan de sus 20 años-, a pensar y proponer un país mirado desde la paz.

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